TIERRA SANTA CHALLENGE 

ETAPA 29 - SAN PEDRO EN GALLICANTU

Estimado peregrino:

Ayer decíamos que la Resurrección nos ofrece una luz nueva para ver la realidad con una esperanza radical porque el amor y la misericordia de Dios no falla nunca.

Es cierto que ayer podría haber sido el culmen y el final de la peregrinación, pero cincuenta días después de la Pascua se celebra Pentecostés, es decir, la venida del Espíritu Santo que es el que nos hace comprender lo que Jesús nos trajo con su vida y, en cierto modo, lo actualiza. Hay quien define al Espíritu como el “sí amoroso y continuamente actual de Dios”.

El primer Pentecostés cristiano se dio en el Cenáculo, situado en el Monte Sión. En esta zona también se encontraba el lugar en el que Jesús fue juzgado por el Sanedrín. Por tanto, el Jueves Santo podríamos concebirlo con este movimiento:

  • Última cena en el Cenáculo en la zona del Monte Sión.

  • Bajada por las escaleras cruzando el torrente Cedrón hasta Getsemaní.

  • Detienen a Jesús en Getsemaní y subida de nuevo al Monte Sión donde es juzgado. Allí encarcelado durante la noche pues es condenado a muerte por blasfemia.

En este subir y bajar se puede situar la promesa de Pedro a Jesús “Te seguiré donde vayas, aunque tenga que morir por ti”. Y Jesús le dice: “Antes de que cante el gallo dos veces, me habrás negado tres”. Pues bien, durante el juicio a Jesús también en la zona de Sión, durante esa noche, Pedro negó hasta en tres ocasiones que conocía a Jesús.

Así es nuestra vida. Subidas y bajadas. Fidelidades y pobrezas. “Síes” y “noes”. Pero lo bueno de contemplar nuestra ambigüedad tras haber visitado en el día de ayer el Santo Sepulcro es que hoy lo hacemos desde la luz de la Resurrección. Es decir, nuestras meteduras de pata no hacen sombra al infinito amor de Dios. Nuestras pobrezas son iluminadas por Dios e incluso aprovechadas por Él para generar nueva vida.

Hoy -y siempre- debería estar prohibido mirar nuestras zonas no evangelizadas desde la culpa insana y desesperada; hoy – y siempre- debería estar prohibido dudar ni un instante de que el Señor ha venido a buscarnos y a sanar nuestras heridas. ¡Basta ya de arrogantes perfeccionismos y purezas morales! ¡Basta ya de alimentar al fariseo que habita en nosotros! ¡Cristo vive y nos quiere vivos! No somos pecadores. Somos hijos de Dios queridos que, en ocasiones, nos alejamos de él y de los demás y, por tanto, pecamos. Pero definirnos a nosotros mismos como “pecadores” y no como “hijos de Dios” es menospreciar lo que ayer vivimos en el Santo Sepulcro.

Como ves, la Resurrección es la luz perfecta para poder mirar nuestros “noes” porque, así, no olvidamos jamás que lo que nos salva es su “SÍ”.

Perdón por la “chapa” de hoy. Montemos al bus y ¡rumbo al Monte Sión! EUNTES.

  1. Vídeo. Visitamos la iglesia de “San pedro en Gallicantu”

2. Vídeo. 

Jorge Moreno, seglar claretiano, nos ofrece una explicación profunda y amena sobre la diferencia entre Judas y Pedro. Y es que los dos, en cierta manera, traicionaron a Jesús.

3. Propuesta orante (Estándar 5-7 min; Extreme: 15 min)

PASO 1: Visualización

PASO 2.:  LEE el texto evangélico de la triple negación de Pedro.

 

 

Y, estando Pedro abajo en el patio, viene una de las siervas del sumo sacerdote, y al ver a Pedro calentándose, mirándole atentamente le dice: “También tú estabas con el nazareno, Jesús”. Pero él negó diciendo: “No sé ni entiendo lo que tú dices”. Y salió fuera, al patio delantero.

 

Y la sierva, al verlo, comenzó a decir de nuevo a los presentes: “Este es uno de ellos”. Pero él negó de nuevo. Y un poco después los presentes decían de nuevo a Pedro: “Verdaderamente eres uno de ellos, porque eres galileo”. Pero él comenzó a maldecir y a jurar: “No conozco a ese hombre del que habláis”. Y, de inmediato, cantó el gallo por segunda vez. Y Pedro recordó las palabras que Jesús le había dicho: “Antes de que el gallo cante dos veces, me negarás tres”. Y saliendo fuera, rompió a llorar.

PASO 3. REFLEXIONA

  • ¿Por qué crees que es posible llegar a negar a un gran amigo?

  • ¿Alguna vez has vivido una historia de traición? ¿Quién traicionó a quién? ¿Hubo reconciliación posterior?

  • ¿Reconoces en ti algún momento en el que te fue complicado dar testimonio de tu fe? ¿Preferiste callar? ¿Dijiste que no conocías a Jesús?

PASO 4.

Termina escuchando esta canción “profana”, pero ¿acaso no tiene algo que ver con lo que meditamos hoy?

¿Cuánto creemos en el amor de Dios? Pero lo que es seguro es que Dios cree en cada uno de nosotros, más allá de nuestros “noes”.

4. La pista de hoy: ÚLTIMA PISTA: su nombre significa “mujer del bosque” o “reina de la naturaleza”.

5. Si nos echas una mano… ¡te lo agradeceríamos!

Esta experiencia de Tierra Santa Challenge nació de forma gratuita a raíz de la pandemia de COVID19 con el fin de llevar a los domicilios particular un itinerario de fe a los jóvenes riojanos. Sin embargo, lo virtual ha trascendido diócesis y fronteras. Nuestros medios humildes tenían en mente a 50-80 jóvenes de La Rioja, sin embargo, en este Tierra Santa Challenge estamos más de 3000 personas de todos los rincones del mundo.

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 - Haz click en el bus

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  • Jueves por la noche, de Getsemaní al Gallicantu:

  •       Vídeo que expresa muy bien la unidad Getsemaní y Gallicantu:

  •       LECTURA: JUDAS Y PEDRO (Por José Cristo Rey G. Paredes)

El defecto y el exceso

La liturgia eucarística de este día (martes santo, 7 de abril 2020) nos invita a imaginarnos el estado psicológico de Jesús en su última Cena con sus discípulos. Se trataba de la “cena de la despedida”. Este momento culminante en la vida de Jesús es descrito por el evangelista del cuarto evangelio como  “profunda conmoción”. Solo el Espíritu Santo hará posible que cada uno de nosotros sea capaz de entrar en escena para sentir, comprender lo que allí aconteció y que también “hoy” puede acontecer.

En profunda conmoción: ¡Uno de vosotros me va a traicionar! 

Se inicia la escena con una conmovedora indicación de Jesús: “¡uno de vosotros me va a traicionar!”. Se genera el desasosiego. El discípulo amado le pide a Jesús una señal de reconocimiento.

La señal ofrecida por Jesús es todo lo contrario a una denuncia; Jesús realiza un gesto de predilección: le ofrece al traidor un trozo de pan untado en la salsa (¡algo que realizaban los comensales con la persona amada o más familiar!). De este modo, Jesús dejó a todos despistados respecto a quién sería el traidor.

El pan del amor fue recibido por Judas de tal modo que para él se convirtió en pan diabólico: entró en él Satanás: ¡posesión diabólica! y, movido por esa fuerza maléfica salió inmediatamente del Cenáculo para llevar a cabo el plan de traicionar y entregar a Jesús a sus enemigos.

Esta especie de exorcismo sobre el Cenáculo tuvo un efecto inmediato. ¡Todo se volvió luminoso! Jesús les hace ver a sus comensales que ahora sí se va a manifestar la Gloria de Dios en él, “el Hijo del hombre”: ¡expresión repetida dos veces por Jesús!. Y esa glorificación acontecerá -dice Jesús- a través de un éxodo. ¡Jesús marchará solo, por ahora! Más tarde le seguirán sus discípulos: “Adonde yo voy no podéis venir vosotros, por ahora”.

Pedro comienza a entender. Quiere seguir a Jesús, dar su vida por Él. Jesús le replica que no es Él quien necesita la vida de Pedro, sino que es Pedro quien necesita la vida de Jesús.

La sombra de Judas y la pretensión imposible de Pedro

 

Adentrémonos también nosotros en el ambiente dramático y conmovedor del Cenáculo. Imaginemos el lugar que ocupamos, respecto a Jesús.  ¿Seré yo, tal vez, aquel a quien Jesús señala como “traidor”? Nuestra debilidad hace plausible esa pregunta interior: ¿Seré yo acaso…?

 

Pero estamos convencidos que Jesús, nuestro Maestro, Señor y Hermano y Amigo hará todo lo posible para reconquistarnos: Él agotará sus recursos de donación y entrega, como hizo con Judas.

El pan y el vino eucarísticos son un regalo de Jesús que tenemos al alcance de la mano. Su Palabra, pan de vida, es también el recurso siempre al alcance. Decía Orígenes:

“¡Has creído en la Palabra… ya has comulgado!”.

 

Pero, como nos advierte también Pablo en 1 Cor 11,28: “discierna cada uno cómo come del pan y bebe de la copa”.

 

La comunión puede ser para mí “pan de ángeles”. Pero cuando soy un traidor a mi fe, lo convierto en “pan diabólico”: entra en mí Satanás.

No pactemos con el mundo diabólico. Introduzcámonos en el mundo de la luz eucarística, donde Dios manifiesta su gloria en el Hijo del hombre, que nos da a comer su cuerpo y a beber su sangre. Lo importante no es que nosotros demos nuestra vida por Jesús sino que acojamos, ante todo, la vida que Jesús nos da. Nosotros no somos los redentores, sino los redimidos.

La Eucaristía, más allá de las formas externas

En el estado de excepción en el que estamos, muchos se preguntarán: ¿por qué no podemos comulgar? Hoy muchos cenáculos están cerrados. Y es el momento de la “Eucaristía en las casas”, en “las iglesias domésticas”, cenáculos esparcidos por toda la geografía de nuestro planeta. También en ellas puede brillar la luz del Cenáculo de Jerusalén. Quizá como, en el Cenáculo del cuarto Evangelio, no se hable de Cena de los dones de pan y vino, pero sí de Cena del Lavatorio de los pies y del discurrir de la Palabra.

 

Más allá de las formas externas, lo importante en la Eucaristía es descubrir cómo Dios Abbá manifiesta su Gloria y cómo ésta se refleja en el Hijo del hombre, en Jesús. Es de una belleza infinita el gesto eucarístico de la entrega de los dones, convertidos en el cuerpo y la sangre del Hijo del hombre por obra del Espíritu Santo -que desciende sobre los dones para que se conviertan en el Cuerpo y la Sangre de Jesús-. Tras el descenso del Espíritu los dones son “el pan de vida” y “la bebida de la salvación”. ¿Qué más puede desear el ser humano?

 

Si viviéramos así la Eucaristía, ¡qué experiencia tan sublime nos sería dada! Pero no olvidemos que la Palabra de la Vida es también “pan bajado del cielo”. ¡Comulguemos la Palabra, que es como una espada de doble filo que penetra hasta lo más profundo de nuestro ser! Y comulguemos “lavándonos los pies unos a otros”, como el Maestro hizo con los discípulos.

 

Celebremos en estos días la Eucaristía centrados de verdad en Jesús. Que nada ni nadie nos distraiga de ese “centro” desde el cual se irradia sobre nosotros su Presencia. Comulguemos a quien nos salva. No nos dejemos llevar por la tentación de “Judas el endiablado” o de “Pedro el pretencioso.

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